Existe una relación especial entre las cosas viejas y yo.
SÍNTOMAS como el bello erizado, sentidos que se agudizan (sobre todo el olor y el tacto) y la imaginación que vuela desbordada. Aunque más bien parecen los del niño del "Sexto Sentido" y los que cuenta Iker Jiménez que se tienen al ver un espíritu.
Pero es que las cosas antiguas son casi eso, FANTASMAS. Objetos testigos de de vidas pasadas que desprenden la personalidad de quienes los usaron. En ellos se quedó un poco de su aroma, su alma de tanto vivir junto a ellos, de usarlos. Y sentir eso me mola, que está lejos de darme miedito.
Recorrer anticuarios y mercadillos de cosas usadas es algo que sólo los aficionados a las cosas viejas disfrutamos. Rescatar pequeños tesoros que a uno le hacen especial gracia y que OTROS años atrás desecharon, perdieron, empeñaron, vendieron.
Y si así de especial es con otros, se pueden imaginar cómo es la cosa cuando esos otros SON NUESTROS. Nuestros bisabuel@, abuelo@s, padres y madres...
Así es como el acto de heredar efectos personalidades de familiares tiene el poder de conservar un cachito de ellos, una milésima parte de su esencia que nos reconforta y recuerda nuestros orígenes, de dónde venimos.
Esto, siempre y cuándo la cosa no se vaya de padre, ya que en mi opinión COLECCIONAR NO ES ACUMULAR.
Coleccionar es más bien seleccionar algunos objetos con especial significado a los que demos un lugar en nuestra casa, para vivir en el día a día o usar en una ocasión especial. Nunca abandonados en un trastero al que jamás vamos. Nunca.
Reflexionado hoy sobre esto me he permitido fantasear y he creado una check-list de cosas antiguas que me gustaría heredar/recopilar o ya lo he hecho (y que continuaré ampliando):
- Un teléfono antiguo.
- Una mecedora.
- Un bolso de mano.
- Una biblia con dedicatoria a ser querido, firma y fecha.
- Un álbum de fotos de mi familia.
- Un abrigo de abuelita adaptado.
- Un juego de té.
- Joyitas para usar y después dejar en herencia a mis futuras hijas.








































